Casandra

Casandra era una agorera, se lo recordaban contínuamente y, para postres, nadie creía sus profecías. La pobre se pasaba el día avisando de los peligros que acechaban a unos y a otros sin que nadie le hiciera caso. Seguramente, estaban hartos de escuchar sus vaticinios, sus relatos apocalípticos de lo que pasaría si esto o si lo otro, y es normal.  

“Reconocimiento y no privilegios…”, prosiguió el presidente de la Generalitat “como cuando hablamos de agua…”, como “cuando hablamos de infraestructuras”. “Y para todos, la mejor sanidad, educación, empleo, vivienda y todo aquello que hace posible que sintamos cada uno de nosotros como propio esta apasionante tarea llamada Comunidad Valenciana”.

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