El oasis valenciano

Cuando se produjo el desplome en el barrio de El Carmel en Barcelona, se celebró un debate en el Parlament de Catalunya en el que el entonces President de la Generalitat de Catalunya aludió a un tres por ciento. En sede parlamentaria, Maragall acusó al partido que dirigió Catalunya durante más de dos décadas de meterse bajo manga un tres por ciento de toda la obra pública en concepto de comisión. Esa era, parecía sugerir Maragall, la razón de las deficiencias encontradas en el proyecto del túnel de la línea 9 de metro que produjo el desplome en el Carmel.

Aquello hizo saltar a la palestra un concepto, el del oasis catalán, que aludía a la calma chicha que presidió la política catalana durante el pujolismo. Una calma chicha basada, en muchas ocasiones, en un silencio cómplice entre todos los estamentos políticos de la sociedad catalana –Ayuntamientos, áreas metropolitanas, consejos comarcales cuando éstos existían, Diputaciones Provinciales y, finalmente, Generalitat de Catalunya. Un silencio cómplice que Maragall rompió como resultado más de una rabieta política que de una voluntad firme de desentrañar las corruptelas que se extendían también a insitituciones controladas durante décadas por el PSC -como el Ayuntamiento de Barcelona o la Diputació de Barcelona. 

Personalmente creo también en la existencia de un oasis valenciano, aunque en nuestro caso no llegamos a la categoría de oasis, somos más bien un campo de golf de 18 hoyos -también muy tranquilo- valenciano construido sobre bases diferentes pero tan o más preocupantes que las que sustentaron y sustentan el oasis catalán. 

En el caso valenciano, no existe únicamente un problema de oscura complicidad entre los poderes públicos para esconder altas tasas de corrupción política o los sonados escándalos financieros, la complicidad y la inmovilidad se extienden a la sociedad valenciana en general. Los responsables políticos lo saben y lo aprovechan.

Una de los hechos diferenciales del oasis catalán y probablemente su faceta más positiva es que, en Catalunya, la cultura del consenso y el pactismo heredadas de la transición democrática española se mantuvieron vivas como si de una reserva de fauna ibérica en peligro de extinción se tratara. Los beneficios de esta rara avis han sido y son evidentes en el caso catalán. Los problemas se debaten sin demasiada excitación en el foro público y las discusiones no acostumbran a ser excesivamente acaloradas, lo que permite llegar al fondo de los asuntos en la mayor parte de los casos. 

El guirigai y el ruido de la vida política valenciana son constantes, ensordecedores en muchas ocasiones; no se respetan figuras institucionales centrales como la de la Sindicatura de Greuges; y los debates sobre las principales cuestiones son aplazados por unos y por otros ante el jaleo constante que genera cualquier cuestión.

El oasis, sin embargo, existe. Así, por ejemplo, se puede entender que el socialismo valenciano haya aplazado la resolución de sus crisis internas. La calma chicha es tal que no importa la imagen de la jaula de grillos en la que se ha convertido el socialismo valenciano. Se aplaza la crítica al Consell y la tarea de oposición hasta las generales, al fin y al cabo ¿a quién le importan los ciudadanos?

También se entiende así que el Consell siga desatendiendo las necesidades básicas de los ciudadanos y se siga embarcando en fastuosos proyectos temáticos bajo la mayoritaria mirada indolente de todos nosotros.

Adelante, pasen y vean el oasis valenciano.

Foto de Aliena en Flickr.com

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2 comentarios en “El oasis valenciano

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