Orgullo y humildad

Orgullo es un sinónimo de vanidad, y humildad lo es de modestia. Con frecuencia, los alicantinos pecamos de ser excesivamente orgullosos y, en algunos casos, tendemos a la vanidad, pero lo cierto es que tenemos razones para ser humildes. Más aún, una dosis de modestia y una reflexión serena ayudarían a solucionar muchos de los problemas que la ciudad ha acumulado estos años.

Creo que las próximas líneas van a disgustar a los defensores de los tópicos sobre Alicante; a los cultivadores de la autocomplacencia, del discurso simplificador; a los que evitan la autocrítica, y, en definitiva, a todos los que se conforman; para ser sincero, no espero menos. Pero también creo que puedo animar a quienes, como yo, creen que Alicante merece más y que, pese a la estrechez de miras de algunos sectores de la ciudad, ésta mantiene muchas de las potencialidades que la pueden consolidar como un excelente lugar para vivir.

Últimamente he visitado Alicante acompañado por personas ajenas a ella y, para mi desánimo, la ciudad aparece a los ojos de los forasteros como una calamidad urbanística, estéticamente añeja y trasnochada, un lugar desastrado y desatendido; un ejemplo, en resumen, de lo que la dejadez y la falta de amor propio –del real, no del de boquilla–, pueden hacer. Alicante quiere ser una ciudad turística, la perla de la Costa Blanca. Pero para que nos visiten, la ciudad debe tener algo más que ofrecer y enseñar. Desgraciadamente, muchas de sus joyas están descuidadas, en desuso, en ruinas o demasiado escondidas. En la mayoría de los casos, languidecen a causa de la necedad con la que los alicantinos convivimos. Si se accede por la Avenida de Elche la primera impresión es desalentadora.

El acceso a la ciudad es angosto, está mal pavimentado y rodeado de lo que parecen escombreras; las zonas del litoral de Agua Amarga y San Gabriel están descuidadas, ni rastro del valor ecológico y paisajístico que poseen; el tren de cercanías actúa como una efectiva barrera que aísla la playa de San Gabriel del resto de la ciudad; la estación de Murcia permanece cerrada a la espera quizá, de un derrumbe; el entorno de las harineras sigue pendiente de solución y lo más probable es que el excelente balcón que la zona es para la ciudad acabe convertido en un montón de pisos apretujados sin ton ni son; sólo el parque del Palmeral se salva pero la zona en su conjunto no ejerce el papel que debería tener reservado: el de carta de presentación de la ciudad.

El centro histórico, la zona que otras ciudades cuidan, miman y oxigenan, se cae, pierde usos e iniciativas comerciales para convertirse, cada vez más, en un lugar lleno de bares, en funcionamiento de jueves a sábado, sucio y desaseado. El Barrio debe recuperar un aspecto digno, se deben limitar las licencias de locales de ocio; fijar y hacer respetar los criterios de apertura, las pautas de calidad y estéticas; promover la diversificación de la oferta de ocio y comercial; preservar las construcciones tradicionales; mimar los edificios singulares; rehabilitar las casas vacías y actuar para atraer, más allá de las viviendas de lujo, a una población joven que regenere el tejido humano del barrio.

Es necesario actuar con firmeza para conseguir que la zona recupere la vitalidad que el centro histórico de una ciudad como Alicante, capital de su provincia, merecen tener.Alicante aparece a los ojos del visitante como una ciudad estancada en los setenta, como una sucesión de bloques de pisos sin alma, sin ningún criterio aparente de orden, sin ninguna pauta observable desde el punto de vista estético o urbanístico.

A nadie se le puede ya, a estas alturas, acusar de los desmanes de los sesenta y setenta, ni tampoco de las barbaridades urbanísticas de los ochenta. Pero sí es necesario que la ciudad despierte definitivamente del letargo en el que parece estar sumida desde los noventa. Algunos pasos se han dado en ese sentido y, desde hace un tiempo, una parte de los ciudadanos ha tomado conciencia de los serios problemas que Alicante tiene, ha reactivado la contestación social y se esfuerza por imponer el respeto a la ciudad y sus habitantes por encima de intereses poco claros. Pero al movimiento asociativo de la ciudad le cuesta hacerse oír porque el Ayuntamiento ha tratado de convertirlo en una red de clientelas en la que la disidencia se pague con el ostracismo.  

Sin duda, los doce años de gobierno municipal de Díaz Alperi han generado, en gran medida, la situación en la que nos encontramos hoy. Aun así, sería injusto culpar de todos los males de la ciudad a la gestión del actual alcalde y su equipo ya que, por estrecha de miras y aprovechada, no merece acaparar todo el demérito. La mayor parte de la oposición municipal no ha ejercido durante mucho tiempo como tal y su seguidismo, su escasa capacidad crítica e innovadora, también han ayudado, unas veces por obra y otras por omisión, a la actual situación.

El Ayuntamiento lidera el mantenimiento del status quo y la dejadez; no ha sabido o no ha querido dar coherencia a una ciudad que crece sin orden aparente; no ha planteado un verdadero trazado urbano, ni políticas de gestión de los espacios públicos, de dotación de infraestructuras, de ordenación del tráfico o el transporte público; ha evitado abordar los retos sociales y económicos a los que la ciudad y su entorno se enfrentan. Sólo un cambio substancial y estructurado puede despertar a Alicante de su sueño, y me consta que en la ciudad existe el capital humano, social, económico y político capaz de materializarlo.

Lamentablemente, la Terreta no es hoy la Millor del Món, pero es cierto que por clima, ubicación geográfica, paisajes… Alicante lo tiene todo para serlo. Partiendo de la humildad, todos los ciudadanos y poderes públicos deben participar del cambio; es necesaria una llamada de atención para que no se repitan los mismos errores, para que se aprovechen las excelentes condiciones de Alicante. El resultado de las próximas elecciones municipales puede significar un cambio de tendencia. Si el Partido Popular renueva su mayoría, la ciudad corre el riesgo de que los responsables municipales lo entiendan como un refrendo a su gestión y todo siga igual. Si, por el contrario, la correlación de fuerzas varía, podemos estar ante el inicio de una nueva etapa que debería significar el comienzo de la transformación de Alicante en una ciudad moderna, coherente, amable, mejor; una ciudad, en definitiva, de la que todos podamos sentirnos orgullosos con razón.

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